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martes, 10 de enero de 2017

Martes 10 enero, "La Opinión: Soy abolo, antirreligiosa y critico la cosificación"

Judith Bosch
Martes 10 enero, a las 14:30 h. y R a las 19:30 h. La Opinión: Soy abolo, antirreligiosa y critico la cosificación por Judith Bosch - Feminista radical y escritora.


«DURANTE mucho tiempo dudé en escribir un libro sobre la mujer. El tema es irritante, sobre todo para las mujeres; pero no es nuevo. La discusión sobre el feminismo ha hecho correr bastante tinta; actualmente está punto menos que cerrada: no hablemos más de ello. Sin embargo, todavía se habla. Y no parece que las voluminosas estupideces vertidas en el curso de este último siglo hayan aclarado mucho el problema», así empieza El segundo sexo de Simone de Beauvoir —desbloquearé un logro el día que sepa escribir su apellido de memoria y descorcharé cava cuando aprenda a pronunciarlo—, escrito en 1949, y así empiezo yo a leer la obra, con una carcajada y pensando: «Amiga, no te pidas un viaje en el tiempo, que estamos en el S. XXI y el tema no mejora. Atentamente: una feminista del futuro».

Había leído capítulos sueltos de ese libro, pero nunca la obra entera. He decidido leer seriamente, de principio a fin, a las madres del movimiento y a teóricas contemporáneas porque no entiendo qué está pasando en los últimos años y necesito respuestas. Mi compañera y amiga Julia Violeta Gris Rodríguez me ha ayudado mucho a recopilar obras y meterme de lleno en esta iniciativa necesaria.

Inicialmente el objetivo de leer hasta la saciedad a nuestras madres y a teóricas contemporáneas era desbancar las falacias que nos llevan a censurar la abolición de la prostitución y considerarla una idea retrógrada, cuando sabemos que en Suecia está funcionando perfectamente, al igual que sabemos que los países que han optado por la regularización de la prostitución han aumentado sus niveles de violencia hacia las mujeres sin disminuir —ya no digamos eliminar— el grave problema de la trata. Ya que desoímos e ignoramos estas experiencias, silenciamos los testimonios de exprostitutas alemanas y holandesas, silenciamos los manifiestos de las supervivientes abolicionistas y hacemos como que en Suecia no esté pasando nada, qué menos que rescatar, leer, releer y difundir los textos que sentaron las bases de este movimiento y los textos que explican perfectamente algunos mitos como «la libre elección», argumento que desmigamos y rebañamos como sea y donde sea para acabar defendiendo, involuntariamente, un sistema patriarcal que se mantiene inmóvil, ya no porque cueste derribarlo y reconstruir, sino porque «elegimos que así sea».

Así, lo que empezó como una iniciativa para generar argumentos abolicionistas que pelearan contra el silencio, ha acabado como un camino que me ha llevado a pararme, reflexionar y pensar en las veces que he tragado con el discurso de la libre elección. Y encuentro que este discurso, en los últimos años, se ha colado como Pedro por su casa dentro de los círculos feministas y es la perspectiva que sirve para justificarlo todo y no mover un dedo por nada.

He tragado con la libre elección cuando he criticado la opresión de las religiones. Resulta que tengo que observar en las calles occidentales a mujeres metidas dentro de bolsas de basura y callarme porque «Es su lucha, ellas han decidido ocultar su cuerpo y son ellas las que tienen que salir de allí». ¿Qué han decidido qué? ¿Dónde quedan las mujeres afganas que salieron en masa en el 79 para rebelarse contra esta reciente imposición? ¿Dónde están las argelinas que huyeron y que siguen rebelándose contra el moderno islamismo radical? Te diré dónde están: se las han comido las feministas islámicas, con ayuda de quienes repiten como cacatúas «Es su lucha», «Han elegido», sin haber leído un solo texto de las feministas exiliadas a las que para colmo silenciamos en occidente. Sí vemos, sin embargo, en un ejercicio de marketing muy similar al que desarrolla la industria de lácteos con sus vacas felices, viñetas de mujeres metidas en bolsas con una sonrisa en la cara y artículos que desbancan a «La mujer pecaminosa, ha de taparse hasta el tuétano» por «La mujer que es libre, decide taparse hasta el tuétano». Por lo visto, ya no es un sistema religioso misógino el que atenta contra la mujer; es la mujer libre la que actúa y te calla con su «Yo quiero». Y has de creértelo, porque en este tema no hay nadie que tenga más razón que las feministas islámicas. Las nuevas feministas occidentales al canto de la sororidad, abrazan a las feministas islámicas que, igual que ellas, rezan a la diosa de la libre elección. Las antirreligiosas que se jugaron la vida durante décadas diciendo «No; no quiero», son censuradas y tachadas de traidoras.

He tragado con la libre elección cuando he criticado la cosificación de la mujer en los medios de comunicación y ese insistente empeño español en regresar a la época de Esteso y compañía. Resulta que las presentadoras de programas de entretenimiento no forman parte de un sistema machista, ni tienen que adaptarse para conseguir más visibilidad, contratos, éxito… sino que eligen libremente que la sexualización de sus cuerpos eclipse sus méritos profesionales. Y he tragado también con el discurso que habla de doble moral y dice que esta sexualización es el burka de occidente. Recuerdo haber escuchado argumentos separados en los noventa —era yo pequeña y escuchaba estos temas en conversaciones con mi madre—. Las mujeres cosificadas en la televisión de los noventa, que por cuenta del machismo en los medios, representaban y retroalimentaban una sociedad en la que éramos y somos objetos calificables por todas y todos, objetos tocables a los que contemplar, abochornar, piropear, pesar, medir… ocupaban un lugar distinto en las conversaciones al de las mujeres que no pueden salir de casa sin cubrir por ser objetos que la religión considera pecaminosos, peligrosos, sucios, castigables, etc… En los últimos años, no solo se comparan ambos fenómenos, con el fin de no darle suficiente importancia a ninguno, en un espectáculo de falacias que contrasta peligrosamente con el hecho de que la Filosofía se haya retirado de las aulas, sino que desde el propio feminismo se silencia su crítica.

En los últimos años, este feminismo nuevo que no entiendo me viene diciendo que la clave de todo es dejar de luchar contra un sistema que nos aplasta para convertirnos en…¿empoderadas de la opresión?, ¿electoras de los requisitos que se nos impone? Y he tragado con ello. Y me he callado muchas veces para «no herir sensibilidades» o no pegar bofetadas innecesarias. Decimos a veces: cada cual que recorra su camino. Hay personas que tardan más tiempo en darse cuenta de algunas realidades.

Pues no; eso del camino de cada cual ha pasado a la historia. Los debates regularización/abolición que podría tener ahora con mi madre, si viviera, han pasado a la historia. Los debates feminismo/religiones tampoco tienen cabida en esta época.
Me encuentro con una corriente feminista que no quiere escuchar a las abolicionistas, las antirreligiosas y las críticas a la cosificación. Las silencia y las censura, directamente. No importa que las argumenten teóricas, activistas experimentadas, escritoras con trabajo de campo, mujeres nacidas en países árabes que se declaran antirreligiosas y despotrican contra la religión como hizo Salman Rushdie en su momento sin que nadie le dijera «Qué poca sororidad tienes, te censuramos». No importa que sean exprostitutas, trabajadoras sociales, psicólogas, sexólogas… es igual: la prostitución, la opresión religiosa y la cosificación por parte de los medios se han convertido en temas intocables que se tratan bajo el argumento «Ellas deciden». Llegadas a este punto es una pena que no crea en el funcionamiento de la Ouija, porque me dan unas ganas terribles de enviarle un mensaje a la Simone Beauvoir adolescente y decirle: «No pierdas tu tiempo, además te lo agradeceré porque así no tendré que memorizar tu apellido; de verdad, dedícate a otra cosa y no pienses en la situación de las mujeres en ningún ámbito de la sociedad, que ellas deciden. Sinceramente: una feminista del futuro».

¿Cómo piensas que se tomaría este comunicado? Yo me la imagino pensando: «Sí que debe haberse liado parda en el futuro». No. No se ha liado parda. Hemos tomado el camino fácil y en lugar de contrastarlo y acompañarlo del camino de toda la vida: la lucha, nos hemos dedicado a censurar posturas incómodas, porque resulta que el feminismo del S. XXI tiene que ser un mundo bello lleno de color que ha de gustarle a puteros, proxenetas, prostitutas autoconvencidas, religiosos, productores de TV y de cine, accionistas, militantes de toda suerte de movimientos y a toda aquella persona que se suba al carro. Ese es el camino fácil, no levantar la voz para defender ninguna lucha que, evidente pasa por debatir sobre decisiones, adaptación y condicionantes, y dejarlo todo al cuento de la libre elección. En el camino ocurren cosas curiosas: medios de comunicación profundamente machistas le dan voz a este nuevo feminismo a gusto de todas y de todos y las putas empoderadas reinan en  nuestras sobremesas; empezamos a sentirnos mejor porque no tenemos que hacer nada frente a la vecina que se mete cada día en una bolsa de basura para salir a la calle (solo tenemos que mirar para otro lado, porque es su lucha y su elección); tampoco gastamos tiempo en hablar de anuncios machistas protagonizados por mujeres que quieren salir en ellos y nuestra vida vuelve a ser el confortable cuento en el que nos sumió el franquismo, en este caso: por propia elección de no observar, no criticar, no ser… Sin que nadie sino nuestro concepto tergiversado de «moral» nos lo imponga. Ahora hablar de moral es de carcas —joder y ya en serio, como no vuelva la Filosofía a las aulas estamos perdidas—; ahora lo progre es no mojarse con nada, censurar las luchas y seguir el camino fácil. Cada día doy gracias a que en los noventa no pensáramos así y fruto de la lucha tengamos hoy el convencimiento de que a las mujeres no nos gusta ser maltratadas por nuestras parejas. ¿Recordáis aquel debate sobre maltrato de pareja y libre elección u os pilló con pañales y triciclo?

No contéis conmigo: soy abolo, antirreligiosa y critico la cosificación en los medios porque no me va el camino fácil y a mis treinta y cinco tacos, visto lo visto, de chiripa, aún recuerdo de dónde venimos.

No me vais a volver a callar.