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miércoles, 1 de febrero de 2017

Miércoles 1 febrero, "La Opinión: Autoengaño y Empoderamiento" por Judith Bosch

Judith Boch
Miércoles 1 febrero, a las 14:30 h, y R a las 19:30 h., La Opinión: Autoengaño y Empoderamiento por Judith Bosch - feminista radical y escritora.


En nuestros primeros años de vida nadie nos explica que hemos nacido en una sociedad patriarcal, presente en las religiones, en la escuela, en las instituciones, en las calles, en los roles de la familia, en el lenguaje, en los medios de comunicación.

Y muchas de las mujeres que fuimos advertidas por madres feministas no entendimos este concepto tan complejo ─pero necesario de entender─ hasta bien cumplidos los veinte años o incluso mucho más tarde.

Hace poco una compañera me comentaba que su hija de cuatro años le pide llevar pendientes y, ante su negativa (ella le dice: «cuando seas mayor decidirás tú si los llevas o no. Eres muy pequeña y no voy a agujerearte las orejas»), la niña, que se resigna con tristeza, juega con pendientes de pinzas. Le contesté: «A mí me ocurrió exactamente lo mismo». Mi infancia, ciertamente, fue un amasijo de contradicciones. Los valores y los principios que quería inculcarme mi madre chocaban contra lo que absorbía en la calle, en el colegio, en los programas de televisión, en las campañas publicitarias… Y tardé poco en pensar que mi madre era una persona «amargada, poco femenina y con problemas». Así entendía el feminismo cuando era pequeña; lo entendía como un problema. El mundo me quería convertir en una mujer guapísima, vestida de rosa, disfrazada de princesa en carnavales, con pendientes bonitos, zapatos pequeños con tacón, el pelo largo y sedoso y una sonrisa perfecta. Y mi madre, en cambio, amargada, me negaba esa felicidad; me cortaba el pelo para que pudiera jugar y no tuviera que invertir mi valioso tiempo de niña en secarlo y peinarlo, me vestía con pantalones para que no me familiarizara con la desprotección de mis genitales y la diferenciación frente al hombre, me decía que no era muy guapa ni menos guapa y que mi estética no era importante, me hacía jugar con puzles, juegos de números, juegos de estrategia, barro, legos, libros de construir aventuras… y se negaba en rotundo a que nadie me obsequiara con muñecas. Durante mi infancia, todas las personas de la familia y amistades tenían prohibido terminantemente regalarme muñecas. Sí se me permitían juegos simbólicos de cocinitas y muñecas bebés (Barriguitas o Nenucos), siempre y cuando jugara también con mi hermano, que como era más pequeño que yo, siempre se apuntaba y disfrutaba como un enano ─nunca mejor dicho─, acunando los muñecos bebés y haciendo cocinitas juntos. Las muñecas que emulaban mujeres sexualizadas estaban prohibidas. Y yo las quería, y me pasé años rogándole a mi madre que me comprara Barbies. Y llegué a pensar que mi madre me castigaba con ello y disfrutaba negándome lo que el mundo entero me vendía como felicidad.

Tardé muchos años en asimilar y comprender lo que mi madre había hecho y todo lo que me había enriquecido esa postura. Hoy estoy orgullosa de la madre que me crio, la acepto con todas sus virtudes, defectos y contradicciones (ella misma, para llegar a ese punto, tuvo que luchar mucho y desaprender a hostias, pero la historia de mi madre la contaré en otra ocasión).

A los dieciséis años me quedé huérfana y a los dieciocho conocí a una mujer que fue para mí mi madre, desde esa edad hasta su muerte en 2013. Cada vez que pienso en mi identidad pienso en dos madres y siento dos madres: la mujer que me crio y con la que tuve muchos conflictos (internos y externos) y la mujer que me aceptó tal y como yo era e intentó reconciliarme con la socialización femenina. Mi madre elegida («Nos hemos elegido mutuamente ─nos decíamos─ con lo bueno y lo malo, y no hay amor más grande que ese») era muy sofisticada y coqueta y me llevaba de compras, me pintaba la habitación de colores suaves y la llenaba de muñecas. «Hija mía, si yo te hubiera criado, serías ahora una estúpida, porque te habría mimado demasiado, lo sé», decía entre risas. Yo pensaba: «No, mamá; si tú me hubieras criado, ahora sería feliz y no tendría tantas contradicciones y luchas internas». Eso es falso, pero tardé años en saberlo.

La madre que me crio me preparó para luchar con uñas y dientes en el colegio y en el instituto. Iban a llamarme mandona, sabionda, resabida, loca, niña conflictiva que llama la atención, bocazas… Y tenía que resistir, porque la igualdad estaba cerca, y alcanzarla pasaba por romper roles de género y decir alto y claro: soy como tú, no soy un objeto que observas y calificas. Soy igual que tú, no soy rosa y frágil y bella y callada y sumisa. Mando igual que tú, hablo igual que tú cuando algo no me gusta, resuelvo puzles y construyo con legos, igual que tú, y puedo hacer todo lo que quiera hacer porque tengo tus mismas capacidades. La mujer que te han vendido es un engaño social y si no te complace lo que ves cuando me miras, date la vuelta y ábreme paso, porque no me voy a detener en mi lucha, ni por ti ni por nadie.

La madre que trató de conciliarme con la socialización femenina me preparó para sentirme bien con lo que la sociedad patriarcal esperaba que fuera, podía ser guapa, podía ser sofisticada, podía ser delicada, podía complacer a los hombres y si lo hacía, si complacía a los hombres y a las mujeres patriarcales, en teoría, podía sentirme en paz. Ya nadie me llamaría mandona, sabionda, resabida, loca, niña conflictiva que llama la atención, bocazas…

Así que la Judith que resultó de ese proceso, fue durante un tiempo la mezcla de sus dos madres: mantenía lo aprendido por haberse socializado de pequeña sin roles de género dentro del ámbito familiar e incorporaba a su persona recursos para agradar, complacer, sentirse mujer dentro de una estructura puramente patriarcal. Los años siguientes, fueron tal vez los peores de su vida; recibió hostias por todos los lados y esas hostias dolieron mucho más que ninguna anteriormente, porque recibía desde la disposición a recibir. Abrazaba relaciones tóxicas con el otro sexo, una detrás de la otra, pensando «Eres hombre y te quiero entender como mujer, puedo ser tu amiga, puedo cuidarte y puedo dejarlo todo por ti. Puedo hacerme la tonta si lo necesitas, sé que tu autoestima es complicada. Podemos ser dos. Puedo arrodillarme para que seamos dos».

Ese último proceso acabó a mis treinta años. Poco a poco me fui dando cuenta de que la madre que me intentó reconciliar con la socialización femenina me quería con todo su corazón y quería lo mejor para mí, pero no quería lo mejor para nosotras. Nadie le enseñó a querer lo mejor para nosotras. También comprendí que la madre que me crio me quería con todo su corazón y quería lo mejor para nosotras, sabiendo que este objetivo pasaba por hacerme vivir situaciones infelices, como mujer individual dentro de un contexto patriarcal, que luego me reportarían felicidad como miembro de la lucha feminista: mi persona fuerte sería una pequeñísima parte de un movimiento inmenso que, aunque los historiadores se empeñen en otra cosa, tiene miles de años.

La madre que me crio sacó valor y frialdad para sacrificar mi frágil y precioso concepto de felicidad. La madre que intentó reconciliarme con la socialización femenina jamás hubiera podido negarme una sonrisa, una fantasía, un momento bello. No estaba preparada para eso ni quería estarlo. Ella solo quería verme feliz, mirarme a la cara y decir: «Qué contenta me siento, estás feliz». Y no pensaba en el trasfondo de esa felicidad ni tampoco lo necesitaba. Hoy las amo a las dos y las amaré profundamente hasta que me muera. Las amo como parte de mí misma y las amo porque considero que las dos eran mujeres extraordinarias de las que me he de sentir orgullosa cada día de mi vida.

Y, bien, ¿por qué me estás contando esto?

Te estoy contando esto, compañera, porque en mi historia particular hay un trasfondo común a la historia de todas nosotras. Somos hijas del conflicto. Todas. Nos enseñan a ser princesas y luego nos dicen que las princesas son ridículas; nos enseñan a adorar a las muñecas y luego nos dicen despectivamente que parecemos muñecas; nos enseñan a llevar velo porque somos respetables con velo, y los hombres nos toman en serio si llevamos velo y luego nos llaman sumisas; nos enseñan a no desear activamente, a consentir y a ceder en el sexo y luego nos llaman putas si cedemos y consentimos (y si seguimos sin ceder y decimos «deseo y soy mía y soy yo la que quiero sexo contigo, no me estás cazando», también nos llaman putas).

Compañera, el empoderamiento no consiste en enrrocarnos dentro de los roles de género que los hombres han impuesto, y defender que no se critiquen luego, que nadie utilice estos roles impuestos para humillarnos. No va de eso, compañera. No va de decir: «Vale, soy princesa, ¿y qué?»; «Vale, llevo velo y es parte de mi identidad, ¿y qué? No me tosas»; «Vale, soy puta porque mi coño lo disfruta y cobro por follar, ¿y qué?». Esa puede ser una parte del proceso. Una pequeña parte del proceso. Pasamos por el trance del autoengaño y agarramos con furia lo que nos han vendido como nuestro, identitario y femenino y lo defendemos, no caemos en la dinámica de humillarnos nosotras mismas, tal y como han tratado de inculcarnos, sino que levantamos la cabeza y decimos: «¿Esto es lo que querías de mí? Pues ahora no vengas a decirme que es malo, que te arranco la cabeza. Ahora soy así y te callas». Pero después de luchar contra el autodesprecio, y regocijarnos en el autoengaño, llega el verdadero dolor y superar eso, compañera, sí nos empodera. Nos empodera sentir y decir que todo cuanto hemos defendido como nuestro es una construcción de los hombres.

No hay princesas, no hay velos religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi aséptica). No somos eso.

Hay una doble humillación patriarcal que funciona muy bien: adiestrarnos para ser sumisas y luego vendernos que somos nosotras las que hemos decidido eso. Somos nosotras las débiles, las tontitas, las que ceden y consienten. Así llegamos a creer, realmente, que la sociedad solo ha puesto a nuestro alcance lo que nosotras merecemos, no nos ha adiestrado para que nos coloquemos por debajo de los hombres. Es brillante la estrategia. Se llama patriarcado y resulta más que evidente su genialidad: lleva miles de años en pie sin inmutarse. Creada y apoyada por hombres y también consentida y consolidada por mujeres que no tuvieron oportunidad de rebelarse ni quieren hacerlo y no las vamos a culpar por ello NUNCA.

Compañera, no hay princesas, no hay velos religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi aséptica). No somos eso y no creemos que agarrarnos a estos roles impuestos nos vaya a favorecer en nada.

Hablo en plural y digo «creemos» porque, gracias a lo que me enseñaron mis dos madres y gracias a mi paciencia, a la entereza con la que he superado todos los procesos, ahora no solo hablo por mí: ahora formo parte de un movimiento inmenso que ─aunque los historiadores se empeñen en otra cosa─ tiene miles de años.

Y, compañera, como pequeñísima parte que soy de ese movimiento inmenso, te digo que te estamos esperando. Queremos hacer piña, consolidar nuestra consciencia de sexo, nuestra sororidad y caminar sin mirar atrás. Queremos ser mujeres libres, que deciden y se relacionan con el mundo, desde la voluntad autoconstruida, el potencial y el deseo y no desde la obediencia crónica, la resignación y el consentimiento. Queremos destruir todos los roles impuestos. Queremos que el género, como tal: cajita de límites e imposiciones en la que nos meten desde pequeñas, como si fuéramos marionetas, y nos sacan solo para el disfrute masculino, se rompa en mil pedazos.

Y te queremos con nosotras, pero que te queramos con nosotras y que te queramos como hermana no implica que callemos lo que sabemos bien, porque hemos pasado por ahí: aferrarnos a las costumbres patriarcales y autoengañarnos, diciendo que las estamos convirtiendo en decisión nuestra, no es empoderamiento y jamás será empoderamiento y, con todo el dolor de nuestro corazón, te tenemos que llevar la contraria. Debemos hacerlo.
En ataques de ira, que se han convertido también en costumbre, nos llamas traidoras, no feministas, machistas, opresoras, mandonas, amargadas… Y una ristra de insultos que también hemos vivido antes, así que no nos afectan. Jamás nos hemos callado porque nos afecten  estos insultos. Hemos callado para dejarte tu espacio. Pero nos hemos dando cuenta de que tu espacio postmoderno, en el que a todo le llamas feminismo, sin ejercer un ápice de autoanálisis, le quita valor a una lucha que tiene miles de años y ha de seguir activa y en marcha. Nos hemos dado cuenta de que evitar la crítica es retroceder y aquí solo se retrocede para ganar impulso, compañera.

No hay princesas, no hay velos religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi aséptica).

Vamos a seguir luchando para conseguir la igualdad y, con todo el dolor de nuestro corazón, también lucharemos para deshacer el enredo y que ninguno de esos iconos patriarcales que enardeces como si los hubieras creado tú, pueda llamarse feminista.