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martes, 27 de junio de 2017

Martes, 27 de junio. "Conceptos claves para el debate: “Bloque histórico, crisis orgánica y revolución pasiva”

La opinión por Joan Tafalla, historiador.

Conceptos claves para el debate: “Bloque histórico, crisis orgánica y revolución pasiva”

“Quien pregunta ya responde” (Raimon Pellegero)

El conjunto de fenómenos político-sociales que vivimos desde hace ocho años en España aparece habitualmente ante nosotros como una sucesión hechos puntuales desencarnados del proceso histórico y de la totalidad concreta en que se inscriben. Respondemos a ellos de manera puntual, situados en un cronograma que no es el nuestro, desde la respuesta puntual y desde la navegación de cabotaje.

Circulamos bipolarmente entre el entusiasmo desmesurado por el 15 M y la sospecha de que su impulso propulsivo quizás se esté agotando. Nos movemos entre el subidón por el éxito de las Marchas de la Dignidad y la depresión por las dificultades actuales para re-articular la movilización social, olvidando que alguien decretó que había que vaciar las calles para “irrumpir” en las instituciones. Oscilamos entre la euforia por los resultados electorales más altos que nunca ha tenido en España una izquierda que proclama que superará el régimen del 78 y el desengaño porque esos resultados no cumplen las expectativas que esa misma izquierda se había propuesto o creído. Famosos politólogos entran en depresión ante unos resultados electorales inesperados, tras creer a ciegas en unas encuestas electorales publicadas.

Joan Tafalla - Historiador
No logramos comprender el éxito electoral de la derecha en las autonómicas en Galicia o en Euskadi, ni el hecho de que el PP aún conserve siete millones de votos a pesar de la crisis y la corrupción. Como consuelo ante lo inexplicable solemos acudir al insulto y la descalificación de los votantes de la derecha, sin tratar de comprender qué sociedad civil organizada, qué cultura material de vida y que sentido común expresan esas victorias electorales del enemigo.

Y comprender es imprescindible para transformar.

En fin, los ejemplos sobran y el tiempo es limitado. No voy a ampliar la lista y aún menos, matizarla. Lo dejo en el trazo grueso porque “a buen entendedor pocas palabras bastan”. Y vosotros sois buenos entendedores.

Entre la lechuza de Minerva y la filosofía de la praxis.

Para salir de este bipolarismo cognitivo y emocional quizás sería más rentable hacer como la lechuza de Minerva, que como decía Hegel, sólo levanta el vuelo al anochecer. Es decir, sólo se puede comprender el conjunto del proceso después de que el mismo se haya desplegado totalmente. Esperar y ver sería la consigna.

Pero no. Nuestra militancia es activa y operante, es pasión, es emoción y sentimiento, además de razón teorética. Es decir, cumplimos de sobra con todas las condiciones necesarias enumeradas por Gramsci para pasar del saber al comprender y al sentir y viceversa, del sentir al comprender y al saber2.

Sin embargo, frente a tanta “ciencia política” como sale de las facultades donde se genera la clase tecno-política que debe asegurar la “gobernanza”, conviene recordar que el mismo Gramsci nos advertía:

‘… podemos prever ‘científicamente’ sólo la lucha, pero no los momentos concretos de ésta, que no pueden sino ser resultado de fuerzas contrastantes en continuo movimiento, no reducibles nunca a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se convierte continuamente. Realmente se ‘prevé’ en la medida en que se actúa, en que se aplica un esfuerzo voluntario y con ello se contribuye concretamente a crear el resultado ‘previsto’.

A qué llamaba Gramsci bloque histórico.

En la literatura y en las intervenciones políticas de la izquierda actual se suele usar y abusar del concepto bloque histórico. Esta breve intervención solo pretende llamar la atención sobre la necesidad de evitar el habitual uso impropio de un concepto clave de nuestra tradición. Mi primera recomendación es usarlo con mesura y dejar de ampliar tanto su significado. So pena de acabar despojándolo de todo sentido.

Muchos suelen confundir el bloque histórico con las alianzas electorales o, en la mejor versión de ese uso impropio del concepto, con las alianzas sociales de carácter estratégico a las que, en esa literatura se suelen denominar bloque social o bloque histórico. Un último ejemplo de esa mejor versión lo tenemos en un reciente artículo de Joaquim Sempere.
Conviene entender que el concepto gramsciano de bloque histórico tiene sobre todo un carácter analítico e histórico.

En lo analítico, el concepto de bloque histórico sirve para superar la dicotomía entre estructura y superestructura presente en el marxismo economicista:
“La estructura y las superestructuras forman un ‘bloque histórico’, es decir el conjunto complejo y discordante (o contradictorio) de las superestructuras son el reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción… El razonamiento se basa en la reciprocidad necesaria entre la estructura y la superestructura (reciprocidad que es precisamente el proceso dialéctico real)”.

Anotemos: reciprocidad y no determinación de la superestructura ideológica y cultural por la base económica, ni que sea “en última instancia”, como dijera en una ocasión Engels.
Para Gramsci, no errar en esta cuestión es un asunto clave, estratégico, por decir así. Quiero insistir que no se trata de un teoricismo erudito o académico. Se trata de una cuestión directamente política.

Este rico concepto gramsciano de reciprocidad de los diversos componentes de un bloque histórico concreto debería ayudarnos a evitar el error común de deducir demasiado mecánicamente la revolución democrática de la crisis económica, como hacía Manolo Monereo en un reciente libro suyo.

Frecuentemente se olvida que si la crisis se limita solamente al campo económico no suele producir en sí grandes cambios en la mentalidad popular.

“Los cambios en el modo de pensar, en las creencias, en las opiniones, no sobrevienen por rápidas explosiones simultáneas y generalizadas, sino que casi siempre sobrevienen por “combinaciones sucesivas” según “fórmulas” disímiles e incontrolables de “autoridad”. La ilusión “explosiva” nace por falta de espíritu “crítico”.

En lo histórico (y no me refiero sólo a la historiografía) el concepto de bloque histórico nos ayuda a acercarnos y, en su caso, a comprender la complejidad de la totalidad social de una determinada formación histórico-social. Añadamos que el concepto de bloque histórico no puede separarse ni comprenderse al margen del concepto de organicidad, ni del de hegemonía, y ninguno de ellos puede separarse de la concepción del estado como estado ampliado o integral.

“En la política, el error proviene de una comprensión inexacta del Estado (en su sentido integral: dictadura más hegemonía) […]”. 

Para decirlo en pocas palabras el estado integral incluye, además del aparato administrativo y represivo la cultura material de vida ( ethos) de sus gentes, sus normas de vida (nomos) y el conjunto de las relaciones sociales.

Añadamos que, para Occidente, Gramsci señalaba la identidad entre sociedad civil y sociedad política. Gramsci rechazaba esa división entre ambas instancias que es producto del pensamiento y de la práctica política liberales.

El concepto de bloque histórico está estrechamente vinculado al concepto de organicidad: las relaciones sociales, el modo de producción, la cultura material de vida, la ideología dominante, las instituciones del estado y de la sociedad establecen una relación orgánica entre ellas. Son una totalidad concreta.

Para acabar este breve recorrido debemos recordar que para Gramsci el bloque histórico está cimentado en la relación orgánica entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes-dirigidos, o lo que es lo mismo entre gobernantes-gobernados. Un brillante intento por parte del comunista sardo por describir esta cimentación del bloque histórico mediante los intelectuales la encontramos en su ensayo sobre La cuestión meridional. Una relectura actualizada de este breve ensayo nos ayudaría a reflexionar sobre algunas de las fisuras por las que atraviesa esa formación social que llamamos España y también sobre la creación de un nuevo bloque histórico Europeo y las contradicciones que ese proceso introduce en los viejos bloques históricos constituidos durante el siglo XIX. Lo dejo aquí.

Sobre la crisis orgánica de un bloque histórico.

Una crisis social, económica o de legitimidad política sólo abre la posibilidad de la aparición de un nuevo bloque histórico si deviene en crisis orgánica. Es decir, si las relaciones de reciprocidad entre las diversas partes del bloque histórico se desajustan, se desagregan en medio de grandes conmociones sociales.

Un ejemplo de conmoción social de ese estilo puede ser el ascenso de la movilización y de la activación de las grandes masas, como sucedió en nuestro país en el periodo 1965-1976. Pero mientras la movilización se mantiene en su carácter simplemente económico-corporativo lo máximo que se puede esperar es un cambio de forma de dominación política a través de una revolución pasiva. Una revolución pasiva como la que creó el régimen español de 1978.

Este ejemplo nos es muy próximo a los de mi generación, pero sus enseñanzas suelen ser ignoradas por las nuevas generaciones de la nueva clase política que se está constituyendo en el campo de la representación institucional. Este ejemplo, digo, debiera hacernos reflexionar sobre qué es una crisis orgánica del bloque histórico y que cosas no lo son.

“Si la clase dominante ha perdido el consenso, es decir ya no es “dirigente”, si no únicamente “dominante”, detentora de la pura fuerza coercitiva. Esto significa que las grandes masas se han separado de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello que creían antes, etc. La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo no muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”9. La crisis orgánica es de alguna manera una crisis de hegemonía: “ En todos los países el proceso es diverso, si bien el contenido es el mismo. El contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que se produce ya sea por que la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grandes masas (especialmente de campesinos y pequeñoburgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución. Se habla de “crisis de autoridad” y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto”.

Para ilustrar una situación como esta, Gramsci nos explica el ejemplo de la crisis de la primera posguerra en Italia:

“En el periodo de posguerra, el aparato hegemónico se agrietó y el ejercicio de la hegemonía se volvió permanentemente difícil y aleatorio. El fenómeno fue presentado y tratado con varios nombres en aspectos secundarios y derivados. Los más triviales eran “crisis del principio de autoridad” y “disolución del régimen parlamentario”. Naturalmente del fenómeno se describen solo las manifestaciones “teatrales” en el terreno parlamentario y del gobierno político y ellas solo se explican con el fracaso de algunos “principios” ( parlamentario, democrático, etc.) y con la “crisis” del principio de autoridad (…) La crisis se presenta prácticamente en la siempre creciente dificultad de formar los gobiernos y en la siempre creciente inestabilidad de los gobiernos mismos: ésta tiene su origen inmediato en la multiplicación de los partidos parlamentarios, y en las crisis internas permanentes de algunos de estos partidos”.

Pero estos aspectos parlamentarios son, insiste Gramsci, el “aspecto teatral” de una crisis que, si es orgánica es mucho más profunda: la crisis del conjunto del Estado en su sentido integral.

La revolución pasiva.

En 2013 Joaquín Miras y el que os habla propusimos una interpretación de la historia de la España contemporánea como una historia de tres revoluciones pasivas y un genocidio intercalado12. Si nuestra propuesta es correcta, el régimen del 78 correspondería a la tercera revolución pasiva.

Por comodidad expositiva adoptaré aquí el resumen que sobre el concepto gramsciano de revolución pasiva que da Massimo Modonesi:

“(…) las revoluciones pasivas procuran evitar que las masas sean o sigan siendo activas, que se vuelvan protagonistas; las concesiones sirven para producir pasividad, el resultado conservador se logra gracias a la pasividad como condición que acompaña el proceso y sanciona su éxito político. Éste es, en efecto, el objetivo en el origen de las revoluciones pasivas entendidas como procesos, pero también como proyectos de pasivización y de subalternización. Así, el proyecto-programa de la revolución pasiva se realiza como proceso cuando logra desactivar, pasivizar y subalternizar”.

Mi temor, tras el ciclo electoral culminado el pasado 26 de junio de 2016 es que no nos encontremos ante los inicios de la cuarta revolución pasiva que estabilice, tras una modificación super-estructural más o menos drástica, el dominio del bloque en el poder por otros cuarenta años.

Soy consciente del peligro de pesimismo desmoralizador que se desprendería de este modelo de las cuatro revoluciones pasivas. Sin embargo, quiero reafirmar aquí que mi concepción no ha abandonado en ningún momento el optimismo revolucionario. Porque la concepción gramsciana de revolución pasiva:

“… sigue siendo dialéctica, es decir presupone, mejor dicho, postula como necesaria, una antítesis vigorosa [para evitar, jt] peligros de derrotismo histórico, o sea de indiferentismo, porque el planteamiento general del problema puede hacer creer en un fatalismo”

Efectivamente no es posible pensar una revolución pasiva sin la existencia en ciernes o en potencia de un movimiento democrático, de un pueblo que, si las condiciones lo permiten, podría llegar a constituirse en soberano, en fundador de un nuevo estado democrático y popular. Un movimiento democrático que la revolución pasiva, la cooptación y el transformismo pretenden neutralizar, pasivizar y subalternizar de nuevo.

Un elemento que puede frustrar esa revolución pasiva es el hecho real de que en la fase actual no hay margen para las concesiones económicas. Las políticas ordoliberales imperantes en la UE lo imposibilitan.

Revolución democrática o restauración-regeneración de un régimen.

A la altura de los años 2011 y 2012 se teorizaba que estábamos en un periodo de revolución democrática, como fruto de una grave crisis del régimen de 1978. La inmensa expropiación colectiva perpetrada por los gobiernos de Zapatero y de Rajoy como gobiernos cipayos de la UE, sumada a la corrupción galopante de ambos partidos del régimen, así como, incluso de la propia corona, llevaban a numerosos politólogos a predecir la apertura de una ventana de oportunidad que había que aprovechar a toda costa15. Esos politólogos no explicaban para qué o para quien se habría esta ventana de oportunidad. La ilusión sostenida por la masa recientemente politizada o re-politizada por la tremenda agresión sufrida desde 2008, de que era posible un cambio de régimen sin ruptura hizo el resto.

Puestos a hablar de revolución democrática quizás sea el momento de pararnos un poco en el tema de la revolución y de sus tiempos, de su agenda, de su calendario.

La realidad es que los tiempos cortos de la revolución suelen ser menos cortos que lo que muchos piensan. Diez años para la revolución francesa (que muchos confunden con las jornadas de 14 de julio de 1789, de 10 de agosto de 1792 o de 30-31 de mayo de 1793); 17-18 años para la revolución rusa (que muchos confunden con el momento técnico del asalto a un Palacio de Invierno que, por cierto, estaba vacío en el momento del asalto: la inmensa revolución social en curso en el conjunto de la sociedad había transformado el Palacio de Invierno en un símbolo vacío del poder). Remarco que fue la revolución social en curso como inmenso movimiento en la que intervenían millones de personas, rompiendo en las entrañas y los recovecos de la sociedad las relaciones sociales existentes, quien vació el símbolo del poder. No fue el giro lingüístico. La resignificación de las palabras y de los símbolos fue fruto de la ola de fondo, fue fruto de la praxis de millones de personas puestas en actividad, no fue, desde luego la espuma de una vanguardia auto-designada, de una conciencia exterior, cambiando significantes por doquier.

Parémonos un rato en los tiempos largos de la revolución. Lo que los historiadores franceses han llamado la longue durée. Hablo de los largos periodos anteriores a la coyuntura revolucionaria, en que “petit à petit” se acumulan las condiciones objetivas y subjetivas en base a miles y miles de experiencias sociales que se producen a nivel nano-social, molecular, capilar. Pequeños amotinamientos, rituales o, incluso prácticas religiosas antagónicas con el dogma de la religión oficial, actos que, en sí, son más “rebelionarios”16 que propiamente revolucionarios. Actos multiplicados a lo largo y ancho del territorio, de la sociedad y del tiempo, hasta que llegan a producir una nueva cultura material de vida, una nueva civilización, un nuevo orden, un ethos, una voluntad que pugna con el orden imperante, hasta vencer y establecer un nuevo orden. Revolución en la cultura material de vida que se suele clasificar como hecho subjetivo (el marxismo economicista, reductivamente, lo suele llamar ideología), pero que es objetividad, que tiene la fuerza material de los actos materiales y masivos que inspira. Que tiene la fuerza material de la voluntad colectiva, de la voluntad general voluntad general que se constituye actuando.
Voluntad general constituida, sin la cual no se conquista el poder. Condiciones pues, en que el sujeto se identifica con el objeto y en que, con la ayuda de alguna coyuntura especial quizás algún día se transforme en la “tormenta perfecta”: la revolución democrática. En muy determinadas circunstancias, una coyuntura puede precipitar lo acumulado en la larga duración.

Distingamos también la revolución política, entendida como el cambio o el recambio de las élites gobernantes, respecto de la revolución social, entendida como la sustitución de un determinado orden social por un orden nuevo. Que es la que nos interesa aquí. La revolución social, recordémoslo, sólo puede ser proceso. No puede ser otra cosa que un complejo de procesos complejos que suceden, sobre todo en el conjunto de la sociedad civil y no tanto en la sociedad política. Mientras consideremos la revolución democrática como una simple revolución política seguiremos cayendo por la pendiente que en 1978 nos llevó de la ruptura democrática a la reforma suplicada, pasando por las estaciones de la ruptura pactada (menudo oxímoron) y de la la reforma pactada.

Conclusión: quien pregunta ya responde.

Un conocimiento masivo por parte de la izquierda del dispositivo conceptual forjado por Gramsci en los duros años de la cárcel sería necesario para evitar la situación bipolar que describo más arriba.

Una clarificación conceptual de ese tipo, de concretarse en el pensamiento y en la acción de la izquierda nos permitiría esbozar respuestas a preguntas tan acuciantes y prácticas como:

¿estamos ante una crisis orgánica del bloque histórico español creado durante la transacción de 1978?

O más bien, ¿estamos ante una crisis económica que hasta el momento solo ha producido respuestas económico-corporativas fáciles de re-normalizar y controlar por parte del bloque dominante?

¿Cuáles son las tareas de carácter estratégico que debemos priorizar con el fin de crear esas alianzas sociales y una nueva cultura material de vida?
¿En qué medida están tejidas las alianzas de clases necesarias para la emergencia de un nuevo bloque histórico?

¿Corremos el peligro de una nueva revolución pasiva, como en la transacción de 1978?
Si este es el caso ¿qué hacer para tratar de revertir esa tendencia?

¿Cómo disolver el frente del adversario, como actuar para dispersar, dividir y en su caso, agregar a nuestras filas a las bases sociales del enemigo?

No voy a dar respuesta a estas preguntas. Creo que no es mi rol en esta mesa.


Sin embargo, ¿no os parece que quien pregunta, de alguna manera ya responde?


Nota: La Opinión es un espacio de Radio Rebelde Republicana abierto y plural, en el cual una serie de colaboradoras/es dejan su opinión respecto algunos temas, que no siempre tienen por qué estar en la línea editorial de nuestra emisora.