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miércoles, 13 de junio de 2018

Miércoles, 13 de junio. "Recuperemos el Poder de la Palabra" por Judith Bosch


La opinión por Judith Bosch

Recuperemos el Poder de la Palabra

Hace unas semanas reflexionaba con mi amiga Elba de Plataforma catalana por el derecho a no ser prostituidas sobre la manera en la que el patriarcado secuestra nuestras voces.

Hablamos largo y tendido sobre su trabajo como cooperante en Uganda, Angola, Senegal… países en los que literalmente «las mujeres se suicidan en silencio» y llegamos a la conclusión de que la violencia sobre las mujeres, que se ceba sobre nuestros cuerpos y el derecho a ser, empieza en el propio acto de comunicar.

El patriarcado nos niega el derecho a ser sujetos de la comunicación. Y nos convierte de manera sistemática en objetos de la comunicación.

El patriarcado nos cosifica y quienes nos escuchan —en el caso de que podamos ser escuchadas, que ya es decir— nos colocan como objetos en el lugar que ellos deciden, siempre bajo esta perspectiva de objetos de la comunicación y no sujetos: exhibimos nuestras vidas, hablamos demasiado, creemos que sabemos demasiado sobre un tema, somos demasiado atrevidas, nos arriesgamos a que nos dañen, «nos exponemos».

Hoy sabemos que cuando una mujer copa más del 30% de una conversación con un hombre, percibimos que habla más que ese hombre (aunque él siga copando un 70%).
Me pregunto a cuántas de las compañeras que están leyendo este artículo les dicen en su entorno que hablan mucho. ¿Realmente lo hacemos? ¿Realmente hablamos mucho?
La sociedad patriarcal interpreta que un hombre habla mucho en el momento en el que emplea demasiadas palabras en comunicar un hecho que puede trasmitirse en menos tiempo o bien reitera conceptos o bien no cuenta nada interesante para el resto. Nosotras, para hablar mucho, lo único que tenemos que hacer es mantener la boca abierta sin una polla adentro durante más del 30% de la conversación.

Aparte del chiste graciosísimo de las bocas de las mujeres y las pollas, hay muchas otras consignas sobre nuestro silencio que marcan la historia de la sociedad patriarcal. Aquí unas cuantas. Tómate un Almax o algo, aviso:

«Las mujeres escuchen en silencio las instrucciones con entera sumisión. Pues no permito a la mujer enseñar ni tomar autoridad sobre el marido; mas esté callada. Ya que Adán fue formado el primero, y después Eva. Y además Adán no fue engañado, más la mujer, engañada, fue causa de la prevaricación de la caída en el pecado. Verdad es que se salvara por medio de los hijos, si persevera en la fe y el la caridad en santa y arreglada vida».

«Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones». San Agustín de Hipona.


«Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea».

«A las niñas no les gusta aprender a leer y escribir y, sin embargo, siempre están dispuestas para aprender a coser». Rousseau

«¿Qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en lo que fuere?». Schopenhauer

«Las mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno y no tienen ningún genio. Basta observar, por ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en un concierto, en la ópera o en la comedia; advertir el descaro con que continúan su cháchara en los lugares más hermosos de las más grandes obras maestras». Rousseau

«Las mujeres deberían ocuparse en los quehaceres de su casa; se las debería alimentar y vestir bien, pero no mezclarlas en sociedad. También deberían estar instruidas en la religión, pero ignorarlo todo de la poesía y la política; no leer más que libros devotos y de cocina. Música, baile, dibujo y también un poco de jardinería y algunas faenas del campo de vez en cuando». Lord Byron

«La educación de las mujeres deberá estar siempre en función de la de los hombres. Agradarnos, sernos útiles, hacer que las amemos y estimemos, educarnos cuando somos pequeños y cuidarnos cuando crecemos (…) Éstas han sido siempre las tareas de la mujer y eso es lo que se les debe enseñar en su infancia».  Rousseau

«El fuerte de la mujer no es saber sino sentir. Saber las cosas es tener conceptos y definiciones, y esto es obra del varón». Ortega y Gasset.

«Aborrezco a la mujer sabia. Que no viva bajo mi techo la que sepa más que yo, y más de lo que conviene a una mujer. Porque Venus hace a las doctas las más depravadas». Eurípides.

«La mujer no necesita escritorio, tinta, papel ni plumas. Entre gente de buenas costumbres el único que debe escribir en la casa es el marido». Moliere.

«Sepa una mujer hilar, coser y echar un remiendo, que no ha menester saber gramática ni hacer versos». Calderón de la Barca.

«Si, por ventura, alguna mujer quisiera aparecer como sabia, únicamente lograría ser dos veces necia: sería como intentar llevar un buey al gimnasio». Erasmo de Rótterdam.
«Debéis retrasar lo más que os sea posible el momento en que vuestra mujer os pida un libro». Balzac.

«Las mujeres nunca tienen nada que decir pero lo dicen encantadoramente». Oscar Wilde.

«No se puede fiar un secreto a una mujer que no sea muerta». Quevedo.

«La mujer tiene un temperamento débil y es de razonamiento inestable». Santo Tomás de Aquino.

«Las mujeres han de guardar siempre la casa y el silencio». Fidias.

Después de leer estas frases, ¿cómo ves este tipo de campañas?
No, no es que hablemos más que los hombres. Es que para el patriarcado, independientemente de lo que digamos, siempre hablamos demasiado.

Aquí anoto algunas expresiones cotidianas que ejemplarizan la usurpación de la palabra y que forman parte de esa socialización femenina basada en el silencio, «el recato», «la discreción» como valores.

«Las niñas educadas solo hablan cuando se les pregunta»
«Los niños son unos bocazas. Las niñas son más inteligentes y sabéis medir mejor cuándo tenéis que hablar»
«No hables si no estás completamente segura de lo que vas a decir»
«Calladita estás más guapa»
«Los trapos sucios se lavan en casa»
«Me gustan las mujeres discretas»
«No me gustan las mujeres que van contando su vida por ahí. Me gustan las mujeres que saben guardar su privacidad y la privacidad de su familia»
Es cierto que la imposición de silencio, igual que el secuestro del conocimiento, son dinámicas políticas que afectan también a la clase y resultan claves para impedir que las personas compartan sus opresiones o creen sinergias, de manera que las estructuras de poder se perpetúen con mayor facilidad. Sin embargo, es innegable que están especialmente presentes en la socialización femenina.

Así, cuánto más violenta es una sociedad con las mujeres, más calladas son estas mujeres que, en casos extremos, como repite con ojos perdidos y dientes apretados mi amiga Elba: «Se suicidan en silencio»

En países latinos, como el nuestro, pese a la fama de «gente extrovertida» que tenemos, arrastramos esa losa en nombre del «respeto», que es el mismo fantasma que mentábamos hasta hace dos días para disculpar la violencia sexual. Como mujeres, debemos callar nuestras vidas o restringir esa comunicación al círculo más reducido posible. Si hablamos de nuestras vidas abiertamente, se entiende que cualquier persona tiene derecho a juzgarnos y a señalar que «nos exponemos».

De ahí, pasamos a no poder contar abusos y a silenciar las opresiones cotidianas.
Y de ahí a no poder contar lo que sabemos sobre un tema en concreto —a no ser que un hombre o la teoría de un hombre lo haya validado antes—. Siempre pensamos que no sabemos lo suficiente. «No hables si no estás completamente segura de lo que vas a decir». Siempre pensamos que nuestra palabra sobra, que seguramente hay algún hombre que puede explicarse mejor.

De ahí pasamos a ser ignoradas. A tener que repetirlo todo varias veces para que alguien nos escuche. A ver cómo nuestro entorno felicita a un hombre que acaba de decir lo mismo que nosotras. A acostumbrarnos a que nuestra palabra no valga nada. A no ser creíbles cuando decidimos no callar más. A resultar ridículas cuando decidimos abrirnos y compartir. A no ser fuera de ese entorno cerrado que engloba a pareja, familia y personas muy cercanas que nos quieren de verdad y en realidad, por decisión y empuje del sistema patriarcal, nos tienen como su propiedad privada.

Aprovecho para pasarte otro artículo relacionado con las convenciones sociales invisibles, como esta. Estoy segura de que te va a resultar muy interesante: “Nadie te pone una pistola en la cabeza para obligarte a que te depiles”. Presión social y medios de control social.

Un abrazo.

Nota: La Opinión es un espacio de Radio Rebelde Republicana abierto y plural, en el cual una serie de colaboradoras/es dejan su opinión respecto algunos temas, que no siempre tienen por qué estar en la línea editorial de nuestra emisora.